Los Altos del Golán

Camino del Golán. I. Legarda

Camino del Golán. I. Legarda

Después de Nablus, nuestro ruta de viaje marcaba la última parada antes del regreso: los Altos del Golán. Una de los nombres más escritos y narrados, que suele aparecer con frecuencia citadas como punto enquistado de los conflictos de la zona, en este caso entre Israel y Siria, después de la invasión en 1969.

Pero primero, debíamos salir de Nablús. El mero trámite se alargó más de la cuenta: los militares israelíes no dejaban pasar al minibus, con matrícula israelí y conductor con permiso especial, a Nablús. Quizá tocaba, quizá no y era una simple manera de recordar la arbitrariedad que rige en los checkpoints. Así, que debimos coger un taxi hasta el control y allí poder subir al minibus. Todo bajo la mirada atenta de dos israelíes de “Mujeres por la Paz”, que rozando los sesenta años, observaban y anotaban posibles incidentes para elaborar denuncias e informes.

Durante el viaje, los “paisajes” volvieron a cambiar. El humano, con las modernas y bien trazadas carreteras israelíes, los bares y restaurantes de la carretera y sus banderas ondeando. El físico, con suaves ascensiones y vegetación en ascenso hasta acabar en el lago Tiberiades, el “mar de Galilea” sobre el que Jesucristo caminó, según la Biblia y que hoy representa un gran bidón de avituallamiento para Israel. Todo hasta llegar a los límites de la línea de control, la antigua frontera hasta la anexión formal de los Altos del Golán en 1991 por parte de Israel, algo no reconocido por Siria. Y encontrarnos con un parque natural, rotulado y con puestos para el descanso, mezclado con estaciones de control militar israelí, viejos tanques y baterías apuntando a la zona siria. El camino se fue escarpando poco a poco, hasta sentir una suave y agradable brisa. Así, llegamos a Majdal Shams, uno de los pueblos de la zona, donde nos recibió Taiseer Miry, director de la organización “Golan for Development”. Asociación que seguía los mismos patrones comunitarios -teatro, moderno hospital, residencia, zona de charlas- que otras palestinas, pero con la marcada diferencia de los mayores medios. Según nos dijo, les acusaban de recibir dinero sirio. Una sonrisa fue la respuesta de Taiseer cuando le pregunté si era cierta la afirmación.

“La principal razón de la ocupación del Golán es el agua. El 25% del agua israeli proviene de aquí”, así comenzó su presentación Taiseer para contarnos que de los 30.000 habitantes repartidos en 200 pueblos y una extensión de 1.200 km2, sólo quedaron 6.300 personas tras la guerra de 1967. Una ocupación que las familias divididas a un lado y otro de la frontera pensaron que sólo duraría unos meses pero que aún perdura. Eso, pese a la coacción israelí para que los golaníes, hasta los noventa con estatus de residentes, renunciaran a la nacionalidad siria y optaran por la israelí. Presión que tan sólo 100 personas soportaron, tras una huelga y actos de boicot, y que ahora tienen una nacionalidad indefinida.

“La principal razón de la ocupación del Golán es el agua. El 25% del agua israeli proviene de aquí”

Viejas baterías israelíes. I. Legarda

Viejas baterías israelíes. I. Legarda

Tayseer Miry también criticó aspectos de la educación en el Golán. Un currículo centrado en la explicación sionista de la historia, que rechaza, y unos profesores poco cualificados, a veces sin titulación, que él creía dirigidos a bajar el nivel académico de la zona. En este sentido, destacó la oportunidad abierta entre 1977 y 1981 para cursar estudios universitarios en Damasco, cuyo relevo tras la prohibición fue la antigua URSS, aliado de Siria que acogió a unos millar de estudiantes golaníes.

Y vuelta al agua, fundamental de la zona, que Miry señala como causante de la ocupación. Nos dice que lo golaníes árabes pagan hasta cuatro veces por el agua que los colonos, 3,4 shekels/m3 frente al 0,9 de los habitantes de los asentamientos. Un recurso repartido entre 90 lagos en los Altos, con cerca de 3,5 millones de metros cúbicos. Para burlar esta estrategia antidesarrollista, los agricultores decidieron recoger agua de lluvia en tanques, llenando la zona con unos 600 contenedores. Poco después, Israel decidió instaurar una nueva legislación, por la que se requerían hasta cinco diferentes permisos para poder tener un tanque, lo que provocó demoras de años. Taiseer Miry recalcaba la ironía de tener que pagar más por un recurso que considera propio y robado por los israelíes. Hasta llegar al sarcasmo de no poder recoger agua de lluvia.

Las preguntas por los colonos nos volvieron a demostrar que estábamos en un conflicto con problemas algo similares pero también con muchas diferencias. Miry nos comentó estas diferencias. En los primero años, sólo llegaron colonos de partidos de izquierda, con los que era más fácil convivir que los que consideran Cisjordania como un “salvaje oeste” que conquistar. Aporta varias razones: los Altos no eran parte del Israel biblico que se quiere ocupar, están lejos de las principales ciudades del país y muy cercanos a Siria y conflictos territoriales. En los 90, con la anexión decretada por Israel, todo empezó a cambiar con la llegada de empresas vínicolas.

Acabamos la charla con algunos apuntes de la situación general, EE.UU., la guerra de Irak. Miry cree que hay que leer entre líneas los discursos pacifistas de políticos como Simon Peres, presidente israelí y laborista. Piensa que destilan una impostada superioridad, moral y tecnológica, sobre los árabes que les da derecho a ocupar tierras. Vuelve a repetir que para el país judío no sólo no existen las resoluciones de la ONU sino que siempre se prepara para vencer siempre por medio de la fuerza militar.

Acabamos la visita acompañados de una joven y muy guapa integrante de la asociación Golan for Development. Como Taiseer, es drusa y expresa su religiosidad musulmana de manera muy diferente y abierta. Nos enseña la frontera con Siria, la delgada pista de tierra a un lado y otro de la valla por la que circulan los ejércitos. En la lejanía se ven dos edificios. Le pregunto si son cuarteles, pero no. Son estaciones de radio, para que los familiares sirios de uno y otro lado de la frontera puedan hablarse a través de ellos. Luego, nos lleva a una de las colinas más altas de la zona. Allí vemos el resto de pueblos que componen el Golán, rodeados de lagos, y en la lejanía, nos dice, están las primeras zonas conquistadas por Israel en la última invasión del Líbano en 2006. Al lado nuestro, unas tiendas de campaña delatan la presencia de una naciente colonia judía.

La solución ¿en el horizonte? A. Sánchez

La solución ¿en el horizonte? A. Sánchez

Luego, en la tranquilidad de la noche, en la pequeña compañía de tres tras la marcha del grupo, pudimos comprobar las diferencias de una población que se adivinaba con más recursos, con menos problemas acuciantes, en las que se combinaban los salam con los shaloms. Sentados, cerveza y narguile en mano, pudimos repasar nuestro ajetreado viaje y hasta desconectar un poco la intensidad de unos días inolvidables en Palestina. Tres viajeros pensando en el reciente pasado, en sensaciones y datos que saturaban nuestra mente y que tardarían en salir, en el cercano trámite de salida… Y un círculo que cerramos sentados en una moderna avenida de Haifa, mirando al mar en compañía de Nisreen Mazzawi, a la espera de tomar la opción individual, somos turistas y no nos conocemos, en un moderno tren camino del aeropuerto. Círculo que completó Juana en compañía de Nisreen viendo bloques vacíos de viviendas, abandonados desde la expulsión de sus habitantes árabes en 1948. Esos, cuyos hijos y nietos vimos a lo largo de toda Palestina.

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Campos de refugiados

Calles del campo de Balata en Nablus. Iñaki Legarda

Calles del campo de Balata en Nablus. Iñaki Legarda

Casas apiñadas sobre fronteras invisibles pero muy reconocibles. Personas cargadas con una gran mochila de recuerdos de los hogares de sus padres y abuelos. Esos que están presentes en cada esquina del campo, junto con sus viejas llaves de casas en Jaffa o Haifa, y la conciencia de unas resoluciones de la ONU sobre su retorno e indemnizaciones que nunca se cumplieron. Elevado nivel de paro y pobreza. Carteles ajados de mártires, asesinados del ejército israelí, combatientes, suicidas. Con gran influencia de la religión. Para muchos, dos vidas enteras: la evocada y la vivida. Historias dolorosas en cada puerta, más aún que en cada rincón de Palestina. Y uno de los problemas más dolorosos de un conflicto que para ellos dura ya 61 años. Cerca de dos millones de palestinos desplazados en Cisjordania. En Gaza, más del 80% del total de la población. En total, siete millones de palestinos refugiados y desplazados, según datos de Badil Center. Los campos de refugiados.

Después de nuestra primera visita al campo del Deheiseh y de los días en Palestina, impresionaba recorrer las calles del campo de Jenín. Tristemente conocido por el asedio del ejército israelí en abril de 2002, cuando cercó y entró al campo con tanques y bulldozers. Murieron 52 palestinos y 23 israelíes. Cientos de casas fueron destruidas. Clamaron las voces contra uno de los más crueles ejemplos de castigo colectivo. Recuerdo, a duras penas, asistir a alguna protesta contra la masacre. Y ahora, estábamos allí. Recorriendo las calles, junto con los palestinos de Hakoura.

Campo de refugiados de Jenin. A. Sánchez

Campo de refugiados de Jenin. A. Sánchez

Primero, visitamos la asociación comunitaria “Not to forget”. Nos recibió un grupo de mujeres y niños. Monitoras y alumnos, que nos representaron un pequeño teatrillo sobre vivencias cotidianas con el muro y la ocupación. Entre risas y llamadas de atención de unos adolescente lógicamente desbocados, acabaron la obra con gritos contra la ocupación, los judíos y una bandera palestina. Luego, junto con un grupo de suizos, nos reunimos con parte de las monitoras del centro. Nos explicaron su labor: sensibilización sobre su situación como refugiados, recuerdo de su cultura, de los hogares abandonados. Para no olvidar sus raíces. Además, tenían un proyecto de guardería, para hacer trabajo de apoyo psicológico y refuerzo con los niños que sufrieron la batalla de Jenín y como un medio de apoyo a sus madres, para que puedan trabajar o estudiar. Desde “Not to forget” nos dirigimos a la sede del Teatro de la Libertad. Estaba en plena ebullición. Arriba y abajo. Hombres, mujeres y voluntarios internacionales cargando trastos, buscando otros, ríendose. Al día siguiente empezaban las representaciones de “Fragmentos de Palestina” y a la vez rodaban un corto en el campo. Entre la algarabía de los preparativos, nos contaron la historia del Teatro de la Libertad. Un proyecto de intervención con niños mediante el teatro creado por Arna Mer-Khamis, izquierdista judía y activista propalestina que vivió en el campo durante muchos años. Otra vez más, sentí un escalofrío al ver los pequeños reportajes del teatro, resúmenes de la famosa y muy recomendable película “Los niños de Arna” -la podéis ver en la sección de cultura de este blog-. Niños y niñas disfrutando y riendo con el teatro. Confesando que ya no querían ser mártires que preferían ser actores, los niños; o que así podían escapar de la dictadura del padre o marido, las niñas. La dura realidad de la vida en Palestina: la destrucción del teatro en 2002; el fallecimiento de la infatigable Arna debido a un cáncer y el cariño de los palestinos hacia ella; la muerte también de todos sus primeros actores, convertidos en jóvenes hombres, milicianos y suicidas. Dura. Muy dura. Y ahora todos, embarcados en la “tercera intifada, la cultural” que nos decían que se notaba en el aire, de difusión y sensibilización. En aquel momento, sentí que no quería ver más. Deseaba quedarme y colaborar con asociaciones como el Teatro de la Libertad o con jóvenes de algún campo de refugiados.

Badil calcula que hay siete millones de refugiados y desplazados palestinos, que son la mayoría de la población en algunas zonas de Gaza.

Poco después, deshicimos la carretera para volver a Nablus. Nos recibieron Agnet y Ammar, de la asociación del campo de Askar. Nuestros anfitriones nos alojaron en un piso cercano al campo. Modesto, viejo y con problemas de agua. Pero en el que se notaba que cada detalle era un lujo en comparación con la vida del campo. Entre risas e improvisación, nos desgranaron actividades para nuestros dos días en Nablus. También desglosaron varios consejos sobre las costumbres aún más religiosas de la ciudad. No besarse en público, esconder las cervezas por la calle y taparse. Eso en el caso de las mujeres claro. Tuvimos varios choques con las “costumbres” religiosas, o más bien un machismo revestido de tradición al estilo de tantos y tantos lugares en el mundo. Poco después, nos ofrecieron dar un paseo. Una visita a una cercana heladería en los bloques de viviendas fuera del campo, lejos de las colinas de la ciudad, a la que llegamos tras un paseo por descampados llenos de escombros y sin iluminación. Allí Ammar nos desgranó el cerco especial a Nablus, que entre 2000 y 2008 estuvo rodeada de fuertes controles. Y su ingreso en prisión cuando tenía 16 años. ¿Razón? Ninguna. Estancia: cuatro meses en una celda minúscula y compartida. Obligado estar en posturas forzadas durante muchas horas. Y mucho miedo y lágrimas.

Ciudad de Nablus. I. Legarda

Ciudad de Nablus. I. Legarda

Con Ammar de guía, amigo y preocupado padre visitamos el precioso centro histórico de Nablus, una cercana comunidad samaritana y el cercano Sebastia, pequeño pueblo repleto de restos arqueológicos de la época de San Juan Bautista, Herodes y los romanos. Lo disfrutamos bajo el duro sol del mediodía, rodeados del cerca de medio centenar de voluntarios internacionales invitados por el pueblo, de chicos de los campos de refugiados de Nablús y de un guía del pueblo. Con la sensación de poder ver con tranquilidad y casi sólos unos restos que en el futuros serán visitados por miles de turistas. Y la ocupación presente. En los asentamientos cercanos, en las historias de robos de animales y tierras, de controles del ejército, de relatos muy duros del cerco israelí.

La vida en los campos no es vida. Sin una solución justa para los refugiados, no habrá paz”. Mahmoud Subuh, relaciones internacionales del campo de Balata

Durante la visita a los campos, al cercano Askar y a Balata, donde se hacinan cerca de 27.000 m2 en poco más de un kilómetro cuadrado, oímos muchas historias tristes, dolorosas e inquietantes. Los niños asesinados por francotiradores del ejército israelí, los milicianos bombardeados en pleno campo, la de dos o tres suicidas, las entradas del ejército israelí por la noche, presos, familias doloridas y destrozadas… También la de una vida dura. Con hasta 70 personas en casas de cuatro plantas, estrechas calles en las que a duras penas cabe una persona con los brazos extendidos, las basuras quemadas al atardecer, los “ilegales” asentados en los bordes del campamento. Y odio, como el de una estrella de David pintada en el suelo para pisarla a diario. “Aquí se sufre la ocupación. En Ramallah está muy tranquilos” nos dice Mahmoud Subuh, relaciones internacionales del campo de Balata. Mahmoud ya no conoció la antigua ciudad de sus padres. Ni siquiera su madre. “Ella nació en cueva en la que se escondieron mis abuelos cuando fueron expulsados de su ciudad. Su nombre en árabe significa emigrante”. Le pregunto sobre cómo vivían en el campo que la cuestión de los refugiados casi nunca aparezca en las negociaciones de paz. “Sin una solución justa para los refugiados, no habrá paz” dice Subuh. “¿Esto es vida? No, la vida en los campos no es vida” nos dice.

Shekels y risas en Nablus. I. Legarda

Shekels y risas en Nablus. I. Legarda

Sin embargo, tanto en Nablus como en sus campos vimos vida. Mucha vida. Esa que reivindica el poeta nacional Darwish cuando dicen que los ““Los palestinos son seres humanos que ríen, viven, e incluso tienen una muerte normal. No sólo los matan”. Risas, bromas y alegría en la furgoneta del campo de Askar, que recogía a sus chicos cada noche. Esfuerzo en los servicios para rehabilitación de niños con problemas de minusvalías. Y energía, mucha energía. Transmitida con puntualidad palestina a todos los voluntarios internacionales, a los niños, mujeres y hombres del campo por sus asociaciones.

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Una visión política y humana

Camino de Jenín. I. Legarda

Imágenes de la Palestina más rural. I. Legarda

Durante una de nuestras charlas, cerveza en mano, Iñaki y yo habíamos comentado lo “suave” que se se nos estaba haciendo el viaje. Suave, claro, pensando en las ideas que manejaba cada uno sobre cómo sería la vida diaria en Palestina. Sin embargo, Borja de SODePAZ ya nos había advertido que Belén y Jerusalén era una “etapa de adaptación” para lo que luego veriamos en Jenín y Nablus. Tenía razón.

Nos despedimos de Ramallah para iniciar viaje hacia Jenín, dejando de lado Nablus a la que luego regresaríamos. En el mapa, resonaban otros nombres muy conocidos: Tulkarem, Kalkilia, Kalandia… Ciudades asociadas siempre a sucesos terribles, que van y vienen, enrededas y concatenadas con otras tantas noticias en los medios de comunicación. Sin saber los porqués, sin saber cómo viven sus gentes. En el camino, otra vez más, nos encontrábamos nuevas imágenes de una Palestina más rural. Ovejas, pastores, carnicerías con su mercancía colgando al aire, niños y niñas en la carretera… Polaroids de un camino en el que se mezclaban autobuses, taxis compartidos y carteles de ciudades. Hasta llegar a Jenín con el sol luciendo toda su musculatura. Tras una pequeña espera, iniciamos nuestra visita a la casa de asociaciones Hakoura. Un proyecto, financiado con dinero de la cooperación francesa, para realizar trabajo asociativo y social. Con los objetivos ser un sitio de referencia para un turismo alternativo en Palestina y fomentar la exportación de empresas locales. El centro de la ciudad de Jenín está lleno de edificios abovedados, de estilo mameluco. Y de carteles con fotos de mártires. Jóvenes y adultos. Con armas y sin ellas. Como el de un hombre de unos cuarenta años que murió al salir a comprar agua durante el último sitio a la ciudad. En el camino muchos niños se nos acercan. En esta ciudad no hay muchos extranjeros y llamamos la atención. Aquí se percibe un ambiente más religioso. Basta ver que las mujeres están más cubiertas y con vestidos más amplios. “Tenéis suerte de no haber venido en Ramadán, estaría todo cerrado” nos dice Islam, de Hakoura.

En las calles de Jenín. I.Legarda

En las calles de Jenín. I.Legarda

Poco después nos dirigimos a a la sede de la gobernación de Jenín, en la que nos recibió el gobernador de la provincia, Qadoura Mousa, y también miembro de la OLP. Apoyados en una doble traducción del árabe al inglés y del inglés al castellano, Moussa inició una sentida presentación. Comenzó ofreciendo algunos datos de Jenín, una provincia de 265.000 habitantes divididos en 82 pueblos, con dos universidades -una de ellas pública- y un único hospital con sólo 115 camas. “Durante la segunda intifada tuvimos 720 mártires, asesinados por los israelíes. Entre ellos hubo 30 niños y 5 mujeres. Además, hubo 8.000 heridos y 3.000 prisioneros”. Poco después nos cuenta las dificultades de convivir con el muro -que hasta separa agricultores de sus campos de cultivo-, asentamientos y checkpoints. Sobre todo, el muro ha dificultado las condiciones de los jornaleros que antes trabajaban en Israel. Ahora, la provincia de Jenín, “la cesta del pan de Palestina” según nos dice, hay más de un 50% de paro. Los que tienen empleo trabajan en el campo o para la administración.

“Sólo queremos acabar con la ocupación, paz y libertad para nuestros hijos y para los hijos de los israelíes. No somos terroristas ni asesinos”. Qadoura Moussa, gobernador de Jenín

Qadoura Moussa, gobernador de Jenín. A. Sánchez

Qadoura Moussa, gobernador de Jenín. A. Sánchez

Qadoura Moussa habla lentamente, esperando la traducción de Islam. La última parte de su discurso la aborda con un tono político y, también, muy humano. “Nosotros sólo queremos acabar con la ocupación. Queremos libertad y paz para nuestros hijos y para los hijos de los israelíes. No somos terroristas ni asesinos”. Cita los muchos problemas de la población en Jenín, el frío en invierno, la falta de trabajo, el sufrimiento de la ocupación. “Llevamos 60 años esperando a que se apliquen las resoluciones de la ONU. El mundo nos debe un favor y yo le digo: no os olvidéis del pueblo palestino”. Qadoura agradece el dinero de la cooperación española que cubre infraestructuras, escuelas, calles, colegios… También nos reconoce personalmente por la visita. Como todos, nos dice que difundamos la realidad palestina. Volvemos a plantear cuál sería la solución política. “Estamos de acuerdo con la solución de dos estados para dos pueblos. Aunque sea a costa de aceptar el 28% de nuestra tierra original. Eso sí, manteniendo el derecho al retorno de los refugiados. Queremos vivir en paz. Nuestra lucha por la libertad continuará”. Islam, de Hakoura, no pide permiso para darnos su propia opinión “lsrael puede lograr la paz cuando quiera. Basta con cumplir los acuerdos. El problema no es de los palestinos, es de Israel”. Al final de la charla, saludamos al gobernador, que nos cuenta que el año pasado, después de mucho tiempo, vio a su hermano en Jordania, donde vive refugiado. El mismo que no veía hace años y años. Y al que no reconoció en un primer momento.

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Mujeres y palestinas

Khitam Saafin, vicrepresidenta de UPWC. D.P.

Khitam Saafin, vicepresidenta de UPWC. D.P.

Bajo la ocupación. Con vivencias similares a otras mujeres del mundo. Pero marcadas por la vida diaria de checkpoints, campos de refugiados y la ocupación. Uno de nuestros días en Ramallah, uno de los más ajetreados en visitas a organizaciones sociales, empezó y acabó con grupos de mujeres. Sin haberlo previsto en nuestro programa de puntualidad palestina, al menos no la última reunión. Empezamos el día temprano con desayuno rápido para dirigirnos a la zona cercana al parlamento palestino, en desuso desde el rechazo al gobierno ganador de Hamás en 2005. Allí esperamos unos minutos para la primera visita al local de Union of Palestinian Women Comittees (Unión de Comités de Mujeres Palestinas). Nos atendió Nadja Masser, mujer de unos cuarenta años ataviada con un colorido pañuelo rojo cubriendo su cabello. Cafés turcos, cargados y con posos, tés y primeras conversaciones sobre los programas de una organización encuadrada en la OLP y con 5.000 mujeres asociadas en Cisjordania y Gaza: guarderías, apoyo social y económico para el trabajo y estudio de mujeres, formación de líderes, sensibilización sobre igualdad y la ocupación… Así, hasta que llegó Khitam Saafin, vicepresidenta del UPWC, a un local ya en plena ebullición de mujeres entrando y saliendo de salas.

“Nuestros problemas no son sólo de derechos humanos. Son de libertad y derechos políticos”, Khitam Saafin

Con un café cerca y un cigarrillo encendido, Khitam comenzó hablando de la ocupación israelí. “Trabajamos por la liberación de Palestina y por la igualdad de las mujeres”. Dice que Israel sólo desea la tierra palestina pero sin la población palestina. “Son racistas con nosotros” afirma. “Nuestros problemas no son sólo de derechos humanos. Son de libertad y derechos políticos” explica para avalar que Palestina necesita ayudas, sí, pero no sólo de emergencia, como si fueran provocadas por una catástrofe natural. “Es un problema político” y, sobre todo, exige. “Israel debe cumplir las resoluciones de la ONU”. También la ocupación afecta a la vida diaria de las personas, tanto como que el 40% sufrió problemas psicológicos durante la primera intifada, según datos de la UNRWA. Pero además, la UPWC se creó para trabajar por la igualdad. Expone que “las mujeres tuvieron mucho protagonismo durante la primera intifada: en manifestaciones, en los hogares en los que los maridos estaban en la cárcel…”. Sin embargo, después desaparecieron de la vida pública. La UPWC decidió equilibrar su trabajo, otorgando mayor espacio a la igualdad. “No sólo para decidir sobre asuntos de mujeres, sino para tener un papel en la sociedad”. De hecho, cita como una avance social una ley de 2006 en la que se aprobó una cuota de mujeres en política, hasta el 20% de escaños y concejalías. “Aunque no se cumplió, ya que sólo se eligió un 13% de diputadas palestinas en las elecciones generales, tenemos muchas representantes, concejales y hasta alcaldesas”. Algo que no se ha conseguido en el recién reelegido comité central de Al Fatah, en el que no hay ninguna mujer presente, “pese a que hay muchas militantes”.

“Con Dios no se puede negociar nada”, Saafin

Calles de Ramallah. Alfonso Sánchez

Calles de Ramallah. Alfonso Sánchez

Acabada su intervención, las preguntas se agolpan. Sobre su realidad cotidiana o asuntos más espinosos. Le preguntó sobre el creciente peso de la religión en una sociedad, la palestina, tradicionalmente más laica. “Con Dios no se puede negociar nada” es su primera frase. “Algunos grupos islamistas interpretan la religión en su beneficio”. Sin posibilidad de réplica, se queja. Nos cuenta el crudo ejemplo de que tras las últimas elecciones, Hamás decidió aparcar el proyecto de cambio de código de familia. Surgen dudas sobre el discutido papel del velo y la situación de la mujer en el mundo islámico. “Es una decisión personal de cada mujer. Para muchas es la única opción de poder trabajar o estudiar. Yo quiero que cada una tome su propia decisión y, sobre todo, que el cuerpo de la mujer deje de ser un campo de batalla social”. Acuciados ya por el tiempo, Saafin acorta sus respuestas, algunas incluso suenan incómodas. UPWC no cuenta con ningún programa de educación sexual ni en favor de los derechos homosexuales. “En Palestina no es como en Europa, hay pocos casos de lesbianas, no hay ningún movimiento. Son opciones personales de unas pocas”.

“Para nosotras, las manifestaciones de Stonewall no son lo más importante. No más que el logro del voto femenino en Egipto. Las vivencias homosexuales son similares, pero la cultura es distinta”, Nisreen Mazzawi

Mujeres palestinas. Iñaki Legarda

Mujeres palestinas. Iñaki Legarda

Y, sin embargo, existen. Claro que existen. Quiso la casualidad que una de las viajeras tuviera una amiga palestina que vivía a medio camino entre Nazareth y Haifa, territorio actual de Israel. Y que esa amiga palestina fuera cofundadora de Aswat, grupo de mujeres palestinas por los derechos de los homosexuales. Por la tarde, después visitar la cercana tumba de Arafat y un pequeño descanso, hicimos un pequeño hueco para oír su intersante experiencia. Ya más relajados, cerveza cercana, narguila de mano en mano, y con Nisreen Mazzawi encantada de nuestro interés. Nos cuenta, en un discurso estructurado, que debe ser habitual para ella, los inicios de Voces, Aswat en castellano, como una lista de correo de 12 mujeres sobre sus inquietudes sexuales en 2002. Tadaron un año en dar el paso de verse físicamente, de convertir sus necesidades personales en algo social, en defensa de los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Y pudieron contar con el apoyo de otras organizaciones feministas, algo que no esperaban porque aunque eran activistas conocidas en el ámbito feminista y antiocupación, este es un “asunto díficil, sobre todo en zonas rurales”. Así, un grupo feminista les cedió un local en Haifa. Comenzaron creando su web, un boletín físico y una biblioteca de libros sobre sexualidades, casi todos ellos escritos en inglés. Siempre como grupo de mujeres, abiertas a colaborar y promover otras organizaciones, como ante una petición de un grupo mixto de Ramallah, pero con ganas de seguir un trabajo propio y no convertirse en una organización burocrática. Además, Aswat sumó varios recursos más: líneas teléfonicas de apoyo, trabajo psicológico, sensiblización, grupos de trabajo educativo en aulas y con profesorado…

Pintada en Deheishe. A. Sánchez

Pintada en Deheishe. A. Sánchez

Desde el principio, decidieron no traducir libros, nos dice, porque eso suponía “trasladar otra cultura, como si fuera obligatoria”. Por eso se decidieron a editar y recopilar sus primeros artículos, y otros de lugares de cultura musulmana tan diversos como Serbia o Líbano. “Para nosotros las primeras manifestaciones por los derechos homosexuales de Stonewall no son lo más importante. No más que el logro del voto femenino en Egipto” expresa con convicción Nisreen. “Nuestras vivencias y sentimientos homosexuales son comunes a todo el mundo, pero la cultura es distinta. El aprendizaje de otras feministas es relevante, pero desde nuestras raíces”. De hecho, con sede en Haifa, le preguntamos como se consideran, palestinas o árabes israelíes. “Palestinas”, dice sin dudar, “y para todos las palestinas, aunque desde la segunda intifada es más díficil la coordinación entre los territorios ocupados”. Palestinos que viven en Haifa, en barrios separados y que dice conocer. “Hasta por el modo de conducir o preguntar a alguien en la calle, sé si son palestinos o israelíes”. Además dice que se trataba de una necesidad árabe, pues no se sentían representadas en otros grupos LGTB israelíes. Por cultura y por la ocupación. De hecho, cita el rechazo a su intervención en la reciente manifestación en protesta por el asesinato de dos homosexuales en Jerusalén este verano en el que no dejaron a Aswat participar en los discursos finales, ni siquiera ante la petición de un diputado árabe de la Knesset, el parlamento israelí. También dice que la cultura y las necesidades son distintas y que, de hecho, el objetivo de su trabajo es conseguir una aceptación social por parte de la cultura árabe y palestina. Mazzawi es un torrente, llena de energía, anota mentalmente nuestras preguntas, sonríe y continúa atacando asunto tras asunto, sin un ápice de fatiga. El rechazo de los grupos islámicos a Aswat, la necesidad de trabajar en red internacional, su creencia de que las iglesias son la fuente de la homofobia, la defensa de un islam antiguo más tolerante con las diferentes orientaciones sexuales… Todo hasta casi agotarnos a nosotros, preocupados por su cansancio. De camino al hotel sigo hablando con Nisreen Mazzawi, intentando exprimir sus opiniones. “Hay mucha propaganda con Israel. Dicen que es el único estado democrático de Oriente Medio. ¿Un estado democrático sin Constitución ni fronteras, confesional y religioso? Que niega sus derechos a los palestinos, el retorno de los refugiados… ¿Eso es democracia? La ocupación y todo lo que conlleva es un problema que sufrimos a diario. Desde la guerra de Gaza estoy asustada de la deriva aún más autoritaria de Israel, del gobierno y de la sociedad. Creo que la única solución es una fuerte presión internacional. Si no, no sé que sucederá”. Otra vez, la ocupación.

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El problema del agua

Calles de Ramallah. D.P.

Calles de Ramallah. D.P.

Durante la estancia a Ramallah, entre las varias reuniones programadas, figuraba en un lugar especial la visita a la Compañía Hidríca Palestina, uno de los proyectos financiados por la cooperación de Sodepaz. Algo que en en principio podría sorprender si no se conoce el problema creciente de escasez y control de ese valioso recurso en la zona. Pero que en seguida era visible en el paisaje árido y ocre de los pueblos y ciudades de Palestina, en la que sin embargo, son visibles cultivos como olivares, viñedos, pepinos, tomates… Así, lo que a simple vista parecía un desierto poblado de construcciones quedaba en seguida desechado como definición al tomar el camino de Jericó, el Mar Muerto o la cercana Jordania: ningún rastro de la tímida vegetación o cultivos de la zona más cercana al Mediterráneo. Y la influencia del agua en la vida cotidiana, era patente al visitar cualquier casa palestina. Sólo hay agua tan sólo uno o dos días por semana. Así, que la población debe comprar más agua para sus necesidades, como comprobaríamos en nuestra casa de Nablus, o poder acumularla en grandes bidones negros situados en los tejados o azoteas de las casas. Una característica que a simple vista sirve para diferenciar en la lejanía un asentamiento judío de las viviendas palestinas. Una necesidad, la del agua, que lleva a cuidar su uso hasta el más mínimo, lo que explicaba que hasta en el más humilde baño, hubiese interruptores para diferentes cantidades de agua.

“Israel continúa vendiendo la idea de que para lograr la paz sólo hay que intercambiar territorios por paz y seguridad pero es es imposible un estado palestino sin un reparto justo del agua”. Ayman Rabí, director general de la Compañía Hídrica Palestina

Bandera palestina y bidones de agua. Iñaki Legarda

Bandera palestina y bidones de agua. Iñaki Legarda

Así que, la disputa por este bien escaso, el del oro azul, nos había sido evidente durante el viaje. Y el uso del agua en la ocupación quedó claro con las explicaciones de Ayman Rabí, director general de la Compañía Hídrica Palestina. El hizo una presentación profesional en las oficinas bien equipadas  de su compañía situadas en un edificio en construcción. Según Rabí, Palestina sólo recibe el 8,2% del agua de la zona, frente al 57,1% que toma Israel o el 34,7% de Jordania, pese a contar con el 50% de las aguas superficiales y acuíferos de la zona. El director general fue desgranando una serie de datos para conocer el subdesarrollo en el que viven muchas comunidades de Cisjordania: el 40% no tiene sistemas de agua y el 75% no tiene sistema sanitarios. Desde la guerra de 1967, los territorios ocupados pasaron a estar bajo la ley militar israelí, que impidió de hecho nuevas perforaciones de agua. Además, los asentamientos judíos han agravado la situación. Sólo los cerca de 300.000 colonos consumen cerca de 75 millones de m3 de agua, frente a los 130 millones de los tres y millones de personas de Cisjordania. Es decir 780 litros/persona, frente a 192 litros. Cuatro veces más. Ayman Arbí va pasando diapositivas de su presentación y se detiene en fotografías que denuncian la da contaminación de pozos palestinos con residuos lanzados por los colonos. Después continúa explicando la gravedad del muro construido por Israel, no sólo por el cercamiento de la población o la pérdida de tierras, sino en el uso del agua. Tierras de cultivo sujetas al control del ejército, pozos y acuíferos perdidos, necesidad de importar agua de consumo en camiones que deben hacer grandes rutas. Pueblos que tienen tan sólo 10 litros al día para gastar y dedican entre el 20 y 40% de sus ingresos a comprar un agua cada vez más cara. Ayman Rabí concluye exponiendo que “no puede haber un desarrollo urbano del pueblo palestino sin agua. La gente deberá emigrar para poder sobrevivir”. Ahora consumen menos de lo que deberían para desarrollarse, 130 millones de m3 anuales frente a los 500 millones de los que debería poder disfrutar una población en ascenso en 2020, según los índices de desarrollo humano. Además, añade que ” Israel continúa vendiendo la idea de que para lograr la paz sólo hay que intercambiar territorios por paz y seguridad pero es es imposible un estado palestino sin un reparto justo del agua”. Algo que volveremos a comprobar en nuestra visita a los Altos del Golán, zona que abastece del 25% de toda el agua que utiliza Israel. La importancia de poseer por la fuerza todos los recursos necesarios para una vida mejor y además, la políticas para impedir que los “vecinos” los puedan disfrutar. Un nuevo conflicto más.

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Otras palestinas: Ramallah y la situación de los presos

Arafat sobre el muro de Ramallah. Iñaki Legarda

Arafat sobre el muro de Ramallah. Iñaki Legarda

Después de Belén y Jerusalén, el camino fue cambiando. Tanto como la Palestina que se nos aparecía ante los ojos. Pese a que el paisaje exterior lucía similares colores ocres y áridos, nos fuimos acercando a la capital administrativa de la Autoridad Nacional Palestina. Administrativa porque la sentimental, la deseada, sigue siendo Jerusalén. Pero llena de vida, agitación urbana, comercios, coches y mucha gente. No sólo palestinos sino un gran número de cooperantes españoles, alemanes, italianos… visibles en los bares céntricos, tomando cervezas y fumando narguilas a ritmo de músicas conocidas como Bob Marley o Cesaria Évora, mezclados con palestinos y palestinas. En las calles del centro de la ciudad, la vestimenta de las mujeres, la mayoría cubiertas con pañuelos y con ropas largas, nos confirmó que estábamos entrando en una zona más religiosa y musulmana. Y todos conviviendo al ritmo del tráfico, de la cercana Mukata, oficina presidencial, bombardeada y arrasada por los israelíes para humillar a un Arafat que acabó huyendo a París donde murió, envenenado según las tesis del último congreso de Al-Fatah; de la sede del parlamento palestino, olvidada y con muchos de sus diputados en las cárceles cisjordanas desde las últimas elecciones de 2006 ganadas por Hamás y que EE.UU. y la Unión Europea rechazaron. Una vez más, tuve la sensación de encontrarme ante una realidad abigarrada, barroca y difícil de asumir. Un mosaico de colores y situaciones muy distintas. En el que te podías tomar una cerveza en un moderno bar al lado de una calle con edificios destruidos, carreteras modestas y llenos de gente tomando café o dando un paseo. En el que podías cruzar desde los pocos medios y curvas de las carreteras palestinas al moderno trazado y servicios de las carreteras de los colonos o de Israel. En el que las banderas de uno y otro país se entremezclaban a cada rato, salpicando controles y check-points.

Casi un miembro de cada familia palestina ha pasado por prisión, en total 750.000 personas

En Ramallah, el contacto con varias organizaciones de la sociedad civil también nos acercó a realidades aún más duras de la ocupación. Como la que nos transmitió Alá Jaradat, de Addameer, asociación de apoyo a los presos políticos. En la conversación con Alá se hizo evidente una característica que luego se repetiría durante el viaje: la modestia de los logros de cada asociación y el dejar de lado la experiencia personal. Muchas veces dura, con cárcel o torturas, pero relegada. Quizá para resaltar el panorama general. Quizá porque es más común de lo que nos imaginábamos. Addameer recibe apoyo de Sodepaz, por lo que Jaradat nos agradece mucho la visita. Addameer trabaja de 1992 a través de programas de apoyo social y jurídico, de sensibilización, estudio y promoción de los derechos humanos.

Por las cárceles israelíes han pasado cerca de 750.000 presos palestinos desde 1967. Es decir, casi uno de cada familia que vive en el país. Ahora hay cerca de 8.100 personas. Entre ellos 450 están en situación de detención administrativa, sin juicio, y hay también 380 menores de edad y 60 mujeres. En las prisiones están representantes como Marguan Barguti, líder de Al Fatah; Ahmad Sa’adat, del FPLP -ambos en cárceles israelíes-; o  43 diputados de Hamas, estos en las de la ANP. “No puede haber negociación sin liberar a estos representantes. La gente depende de sus líderes”. Alá inicia su charla hablando de las leyes militares israelíes elaboradas bajo la ocupación. Decretos que han prohibido desde libros, a símbolos como la bandera palestina, o la Organización para la Liberación de Palestina. Leyes para recalcan la impunidad de la que goza Israel y su ejército para encarcelar “a cualquiera en cualquier momento”. El relato se va haciendo más duro cuando Jaradat describe las torturas físicas y mentales practicadas en las cárceles israelíes desde los años ochenta; en los juicios en los que el acusado debe probar que nadie disparó a un colono en una ciudad durante un año; o en las detenciones administrativas por orden militar de uno a seis meses y prorrogables hasta ocho años.

“La resistencia es legal bajo una ocupación, pero los crímenes de guerra, no” A. Jaradat

Ala Jaradat de Addameer. D.P.

Alá Jaradat de Addameer. D.P.

Durante el relato, nadie habla, tomamos notas, abrumados por la dureza de la situación. Alá fuma, mira su ordenador y explica con una sonrisa. En varias ocasiones se emociona, le afloran lágrimas que contiene a duras penas. Como cuando cuenta la tortura psicológica contra un detenido administrativo que no creyó en su liberación, después de varias veces en las que le decían que estaba libre y le volvían a encarcelar en las puertas de la prisión. Con especial emoción, cuenta la historia ade un amigo, quién sabe si cercano, quién sabe si él mismo dice Iñaki, uno de los participantes en el viaje. Cruzó Cisjordania durante dos días, sin apenas dinero, para volver a ser detenido justo cuando iba a abrazar a su familia. La charla se alarga durante varias horas. Habla de las dificultades de las visitas, de familias esperando permisos arbitrarios, con procesos de un día mediados por la Cruz Roja para poder estar tan sólo unos minutos con sus familiares. Le pregunto por la situación en las cárceles palestinas. “La situación es muy díficil. Siento decirlo, pero a veces es más díficil que en las israelíes”. Hay detenciones administrativas, torturas y no se permite ninguna visita. Sólo en los primeros meses del año han muerto 14 palestinos en las cárceles de Cisjordania. Durante nuestra visita, leeremos sobre nuevas muertes. La charla acaba por falta de tiempo, metidos en discusiones de interés de varios compañeros de Amnistía Internacional sobre su definición de presos políticos y crímenes de guerra. Alá afrima que “la resistencia es legal bajo una ocupación, pero los crímenes de guerra, no. Un crimen de guerra es un crímen de guerra incluso en situaciones de resistencia”.

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Tan sólo una cerilla

Comerciante del zoco. D.P.

Comerciante del zoco. D.P.

Tan sólo una cerilla. Una pequeña cerilla sobre un bidón de gasolina. Cocinado al fuego lento de la ocupación, los checkpoints, de los asentamientos del centro y alrededores del casco viejo de la ciudad, de un mercado despoblado, de la matanza de palestinos en la tumba de los Santos Patriarcas allá en 1994 o de asuntos más lejanos. Así, se nos apareció Hebrón, Al-Khalil en nombre árabe, el día de nuestra visita. Una de las ciudades más antiguas del mundo, citada ya en la Biblia en torno al siglo XVIII a.c. y en la que se cita como Abraham compró una cueva para su futura sepultura. Y por tanto considerada como ciudad santa tanto por judíos como musulmanes, pues en ella está enterrado el padre de los padres, Abraham, y sus hijos Isaac e Ismael, patriarcas de ambas religiones, entre otras personas. En la región de Hebrón, la más poblada de Cisjordania junto con Nablus, viven cerca de 500.000 palestinos, de los que 160.000 lo hacen en el propio casco urbano al lado de cerca de 600 colonos que viven directamente en el centro histórico, a los que hay que añadir otros 7.000 en asentamientos cercanos.

Basura lanzada por colonos judíos al mercado de Hebrón. Iñaki Legarda

Basura lanzada por colonos judíos al mercado de Hebrón. Iñaki Legarda

El paseo por la zona céntrica de la ciudad, su mercado y las tumbas de los Santos Patriarcas fue tan impactante como la realidad que viven y sufren sus habitantes a diario. Como los más de 100 controles situados en el centro de la ciudad o la honda impresión de ver parte de su zoco central cerrado en la cercanías de las tumbas, controlado por el ejército israelí, con muchas tiendas marcadas por los colonos con la estrella de David, que evocaban la marca a los judíos durante el genocidio nazi en el guetto de Varsovia, o con tiendas de palestinos cuyo cielo estaba cerrado por una malla metálica para recoger la basura que les lanzan los colonos judíos desde sus primeros pisos. Tanto como la sensación de estar visitando, de ser cierta la ubicación, uno de los lugares más antiguos de la humanidad, el de la tumbas de los patriarcas, ahora olvidado al turismo de masas. Y hacerlo además, en un lugar dividido en dos desde la matanza de 29 palestinos por parte del colono Baruch Goldstein hace ya casi 15 años: una mezquita y una sinagoga, que se reparten los memoriales sobre la ubicación de la tumba de Abraham, visible desde las dos y la de su descendencia, dividida entre ambos con la ironía de haber quedado la de Isaac, padre de los judíos, en la zona musulmana, y la de Ismael, en la judía.

“La tierra de Palestina no se vende, no tiene precio” Abet el Raouf

Abet el Raouf. Foto de Alfonso Sánchez

Abet el Raouf. Foto de Alfonso Sánchez

Un lugar, el centro histórico de Hebrón, con sus casas de origen otomano llenas de historias. Como la de Abet el Raouf, comerciante de unos cuarenta años que dice que vivió sin dificultades hasta el año de la matanza, pero cuya vida empeoró drásticamente desde 2000. Desde entonces, no puede acceder en coche a la tienda con que cuenta frente a la sinagoga de los patriarcas y debe traer sus mercancías a pie o en burro. La zona, una amplía avenida está cerrada a los palestinos, y los colonos le boicotean para que nadie le compre bebidas o souvenirs, y debe pedir permiso a los soldados israelíes para muchas actividades.  Abet cuenta con 800 m2 divididos entre su casa y cuatro tiendas, de las que hoy sólo mantiene una abierta. Hasta 2000, ganaba unos 200 euros diarios y hoy apenas le alcanza para comer carne un par de veces al año. “La tierra de Palestina no se vende, no tiene precio. Además, yo no soy un colaboracionista” nos dice al exponernos los tres intentos que le han hecho particulares judíos para comprar sus posesiones. Primero rechazó una oferta de 6, luego 7 y finalmente 40 millones de dólares. Algo que no hicieron los propietarios del terreno del ahora Gutnick Center, tienda de souvernirs y restaurante situada enfrente de la suya y también cercano a la sinagoga, comprados por 100 millones, nos dice. Le pregunto por su familia, Abet se rasca su barba de tres días cercana a un poblado bigote. Tiene tres hijos casados y otro soltero, que vive con él. A su hija, que reside en Jerusalén no la ve más que una vez al año. Ninguno de los dos tiene permiso para visitar la ciudad del otro. Su hija debe esconderse para verlo, la última debió estar veinte días en su casa hasta que pudo escapar por las montañas cercanas para volver a Jerusalén. Comemos en su casa el tradicional maqluba palestino -guiso de arroz, pollo y verduras servido con ensalada y yogur- que nos cocina su esposa. Es un gesto para dejarle algo de dinero. Abet sonríe y gesticula. Quiere que estemos agusto sentado en los sofás de un comedor, que preside la fotografía de su madre. Al final de la comida, se acuerda de algo y pide nuevamente  traducción. En 1929 su abuelo acogió durante días a la familia de un rabino durante los disturbios y matanzas de judíos en la ciudad. “Yo sólo quiero vivir en paz como antes, cuando había convivencia entre judíos y musulmanes”.

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